Relato Saint Germain, ¿Quién es y de dónde viene?

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El peculiar conde de Saint-Germain llevó una vida muy movida por las cortes reales de la Europa del siglo XVIII. Algunos creen que sigue todavía vivo.

Entre la media docena de aficiones que se le atribuyen al conde de Saint Germain, desde aventurero e inventor hasta violinista y científico aficionado, fue su pretendida habilidad como alquimista la que más sedujo a sus contemporáneos. Eso, y el aura de misterio que siempre rodeó a este personaje, del que apenas se conocen unos pocos datos biográficos.

conde de Saint-Germain

Las primeras menciones históricas sobre Saint Germain se remontan a 1740, cuando se convirtió en un habitual de los ambientes más selectos de Viena. El conde, que entonces debía contar con unos 30 años, vestía austeramente, pero llevaba siempre encima una cuantiosa cantidad de diamantes, que utilizaba en vez de dinero.

Durante su estancia en la capital de Austria, parece que Saint Germain fue capaz de sanar contra todo pronóstico al mariscal francés de Belle Isle, que había sido herido gravemente en Alemania. En agradecimiento, el militar se lo llevó a París, donde puso a su disposición un laboratorio muy bien equipado. Fue precisamente en esta ciudad donde empezó a gestarse la leyenda del conde de Saint Germain.

Así, en las Chroniques de lóeil de boeuf del pseudónimo «Condesa de B...» se narra una anécdota en la una noche el conde acudió a una fiesta organizada por la anciana condesa Von Georgy, cuyo difunto marido había sido embajador en Venecia por los años 1670. Al oír que anunciaban al conde, la condesa dijo que recordaba el nombre de cuando ella estuvo en Venecia. ¿Acaso el padre del conde estuvo allí por aquella época? No, contestó el conde, él mismo había estado allí, y se acordaba muy bien de la condesa: una hermosa y joven muchacha. Imposible, replicó la condesa. El hombre que ella conoció entonces tenía por lo menos 45 años, aproximadamente la misma edad que el conde tenía en aquel momento. «Madame», dijo el conde sonriendo, «yo soy muy viejo». «Pero entonces usted debe tener casi 100 años», exclamó la condesa. «No es del todo imposible», replicó el conde, exponiendo algunos detalles que convencieron a la condesa, la cual exclamó: «Me ha convencido. Es usted un hombre sumamente extraordinario, un demonio». «¡Por el amor de Dios!», exclamó el conde con voz de trueno. «¡No pronuncie estos nombres!» Le sobrevino un temblor o calambre por todos los miembros del cuerpo, y abandonó la sala inmediatamente. El “inmortal” conde de Saint Germain se convirtió de esta forma en toda una leyenda urbana de la época, y empezaron a correr todo tipo de rumores sobre él, entre ellos, que había estado presente incluso en las fiestas de las bodas de Caná.

Hacia fi
Carlos Eduardo Estuardo
nales del año 1745, Londres fue asaltada por la «fiebre de los espías». Fue el año en que el joven pretendiente, príncipe Carlos Eduardo Estuardo, desencadenó su rebelión de los jacobitas en un intento de recuperar el trono británico para su padre. A pesar de que la causa jacobita había sido derrotada, se temía que los conspiradores jacobitas y sus simpatizantes franceses pudiesen estar ocultándose en Londres. Uno de los sospechosos fue arrestado en noviembre y acusado de estar en posesión de cartas que apoyaban a los Estuardo. Muy indignado, sostuvo que aquella correspondencia le había sido «endosada» y, sorprendentemente, se le creyó y fue liberado.

Comentando el caso en una carta dirigida a sir Horace Mann, Horace Walpole escribió: «El otro día detuvieron a un hombre extraño que se hace llamar conde de Saint-Germain. Ha estado aquí estos dos años, pero no dice a nadie quién es ni de dónde viene. Admite sin embargo que éste no es su verdadero nombre. Canta y toca el violín magníficamente, está loco y no es muy sensato».

madame Pompadour


El comentario de Walpole describe con gran acierto a uno de los personajes más extraños de la alta sociedad del siglo XVIII: un hombre al que el conde Warnstedt tildó de «charlatán, loco, atolondrado, pretencioso y timador», y al que su último mecenas, el príncipe Carlos de Hesse-Cassel, consideraba «quizás uno de los más importantes sabios que haya existido jamás». Tras ser sorprendentemente liberado, volvió a Versalles, donde se convirtió en uno de los personajes más próximos a Luis XV y también a madame Pompadour, amante del rey, con la que se le llegó a relacionar íntimamente.


En 1760, el rey le envió a La Haya como representante personal para negociar un préstamo con Austria para ayudar a financiar la guerra contra Inglaterra. Allí, sin embargo, no sólo se enfrentó con su antiguo amigo Casanova, sino que fue acusado por el duque de Choiseul, Ministro de Asuntos Exteriores del rey Luis, de conspiración contra Francia, lo que precipitó su huida.

Según parece, en Holanda, bajo el nombre de Conde de Surmount, amasó una gran fortuna. Es que Saint Germain no dudaba en ofrecer todo tipo de ungüentos, pócimas y preparados para combatir cualquier mal, incluso la muerte. Al parecer tuvo éxito, puesto que desapareció de Holanda con 100.000 florines aunque sólo para reaparecer en Bélgica, esta vez haciéndose llamar marqués de Monferrat. Allí, en Tournai, puso en marcha otro laboratorio de pócimas antes de desaparecer nuevamente.

En el transcurso de los años siguientes se sucedieron las historias procedentes de varios lugares de Europa acerca de las actividades del conde. En 1768 apareció en Rusia en la corte de Catalina –se rumoreó incluso que precipitó las cosas para que el ejército ruso colocara en el trono a Catalina la Grande–,. Turquía acababa de declarar la guerra a Rusia, y parece ser que su habilidad como diplomático y conocedor de la política francesa le ayudaron a mantenerse en buen lugar, puesto que al cabo de poco tiempo fue nombrado consejero del conde Alexéi Orlov, jefe de las Fuerzas Imperiales Rusas. Como recompensa fue nombrado oficial del Ejército Ruso, eligiendo en esta ocasión un irónico alias: general Welldone (en inglés, general Bien-hecho). En este punto podría haberse establecido en Rusia y llevar una vida honorable y provechosa, pero después de la derrota de los turcos en Chesmé (1770) decidió partir.

En 1774, apareció en Nuremberg, intentando obtener fondos de Carlos Alejandro, margrave de Brandenburgo, para instalar otro laboratorio. Esta vez pretendió ser el príncipe Rákóczy, miembro de una familia de tres hermanos de Transilvania. Al principio el margrave estaba impresionado, especialmente cuando el conde Orlov visitó Nuremberg con ocasión de una visita de estado y abrazó al «príncipe» efusivamente. Sin embargo, al hacer comprobaciones el margrave descubrió la identidad de Saint-Germain. El conde no intentó nunca desmentir la acusación, pero consideró prudente emigrar, cosa que hizo en 1776.

Aunque el duque de Choiseul afirmaba que Saint-Germain había trabajado como agente doble para Federico el Grande, una carta del conde de Saint-Germain a éste pidiéndole su mecenazgo no obtuvo respuesta. Sin perder los ánimos el conde se trasladó a Leipzig, presentándose ante el príncipe Federico Augusto de Brunswick como francmasón de cuarto grado. Esta acción fue muy arriesgada, puesto que Federico Augusto era Gran Maestre de las Logias Masónicas Prusianas, pero al conde de Saint-Germain pocos podían comparársele como embustero y embaucador: por regla general sus historias de fondo soportaban un escrutinio detallado. Esta vez, sin embargo, no consiguió su propósito. El príncipe declaró que no era un masón, a lo que el conde replicó sin mucha vehemencia que sí lo era, pero que había olvidado todos los signos secretos.

En 1779, el conde de Saint-Germain fue a la última residencia que se le conoció, en Eckenförde (Schleswig), Alemania. Era un hombre viejo (probablemente de sesenta y tantos años), aunque como es natural pretendía ser mucho más viejo. Parte de su encanto superficial había desaparecido, y al principio no logró impresionar mucho al príncipe Carlos de Hesse-Cassel, pero muy pronto éste quedó cautivado, al igual que sus predecesores.

Carlos de Hesse-Cassel

Por esta época Saint-Germain, que según todos los indicios se había mostrado muy insolente respeto a la Iglesia Católica, tenía ideas marcadamente místicas. Al príncipe Carlos le dijo lo siguiente:

«Sé la antorcha del mundo. Si tu luz es únicamente la de un planeta, no serás nada a la vista de Dios. Reservo para ti un esplendor para el que la gloria del Sol es una sombra. Guiarás el camino de las estrellas, y los que gobiernen los Imperios deberán ser guiados por ti»

Unos documentos parisinos muestran que el conde de Saint Germain murió el 27 de febrero de 1784 en el castillo de Eckenförde de su último mecenas, el príncipe Carlos de Hesse-Cassel. Éste le erigió un monumento con esta inscripción: “aquel que se hacía llamar Conde de Saint Germain, y del que no hay otras informaciones, ha sido enterrado en esta iglesia”. Aun así, la leyenda del conde “inmortal” sobrevivió a su muerte, y de esta forma, en estos dos últimos siglos numerosos iluminados han afirmado haber visto al escurridizo y misterioso Saint Germain vivito y coleando.

Hay testimonios que le sitúan en París en 1835, en Milán en 1867 e incluso en Egipto durante la campaña de Napoleón. La misteriosa vida de Saint Germain le convirtió en objeto casi de culto de todo tipo de teósofos y ocultistas, que han llegado a decir de él que en realidad era el mítico Judío Errante o Merlín.
 
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